sábado, 4 de mayo de 2019

V de Villa Alemana

El otro día estaba en Villa Alemana y no me acordaba por dónde pasan los colectivos que van para mi casa. Ni siquiera estaba segura si alguna vez lo supe, porque no recuerdo haber tomado uno en el centro, o en el 11, o en ninguna parte. Me sentí extranjera, en más de un sentido. Desconectada de mi historia. Y me descolocaba.

Hasta hace poco, Villa Alemana había sido el emblema que apuntaba cuando preguntan por tu origen. Mi tela de fondo. Como cuando en Inception, muestran que al crear ciudades con tu mente, utilizas imágenes que haz visto y que guardas en el inconsciente. Mis imágenes salen de ahí, las caras de la gente y las fachadas de algunas casas, de esa ciudad tranquila y aburrida.

Cada vez que camino por Villa Alemana, por el troncal o cerca del estero, veo desplegarse enteras, escenas de mi vida como páginas de un libro de pop up. Ahí esperé, ahí reí, ahí reporteé, acá me junté con un amigo que sólo conocía por internet, acá un viejo vagabundo me mostró su pene y yo corrí. Aquí viví, me fui y volví.

Para llegar a mi casa hay que bajarse de la micro en el paradero 10. Aquí nos cambiamos el 2004, cuando tenía 16 años y estaba en segundo medio. Era una villa de casas nuevas, que se encuentra pasando la línea del tren, y cada vez que teníamos visitas, éstas nos hacían el mismo comentario: se parecen a las casas que aparecen en la película Poltergeist.

Me senté con un amigo del que me enamoré, en una banca en la otrora Estación Rumié, a sacarnos fotos para subir a fotolog. Él era muy popular en esa red social, y yo también, pero nunca a su nivel. Una calle atrás de ese lugar, meses antes, me bajé de la micro llorando porque ese día él me contó a mi y a dos amigos más que parece que era gay. Me había enamorado de un amigo homosexual, que cliché. Más de 10 años han pasado, todavía siento algo profundo, pero ya no es romántico ¿Habrá sido mi primer amor?












Mi versión autobiográfica del capítulo V,
 del libro Especimen, de Eleonora Aldea Pardo.