Siempre se preocupaba de que el vidrio de la mesa quedara reluciente. El nítido reflejo de la ventana era la prueba de que su limpieza estaba bien hecha. Eso y que se sintiera suave al tacto. Era la misma técnica que le había enseñado una tía ciega para lavar la loza. “Déjame tocarla, ah ya, ahí sí” decía ella después de comprobar la pulcritud con sus dedos. El olor a limpio también era sumamente importante. Su lavalozas favorito era el Magistral Ultra limón concentrado. En su reemplazo usaba un detergente casero con cáscaras de limón, vinagre y bicarbonato. Con esa fórmula, limpiaba también las cortinas, las ventanas y hasta el cuadro de la Sagrada Familia que colgaba al fondo. Llenaba las alcuzas con un sucedáneo de limón marca Acuenta, aceite Acuenta y sal Acuenta. El papel absorbente que ponía en el servilletero no tenía marca porque se lo conseguía con un auxiliar que se lo robaba del Cap Ducal, ese hotel que tiene forma de barco. Pensaba que las sillas se verían mucho más lindas si tuvieran fundas de color azul rey, que combinaran con los manteles cuadrillé. Así no se verían tan rascas con el logo de la Coca-Cola en el respaldo. Y lo pintaría entero verde limón, porque ese nombre le pondría también. Restaurante Verde Limón. Clementina solo se calmaba realmente cuando pensaba y repetía en voz alta lo que veía, escuchaba, sentía. Era una técnica que le habían enseñado en el consultorio. El aroma a cítrico era su cable a tierra. Hace un mes le habían avisado que ese sería su último día. En su mente repetía: muralla roja, sillas rojas, suelo rojizo. Así espantaba las angustias de la garganta. Cuando terminó el turno, dejó su delantal negro en la bodega y salió muy concentrada en seguir el ritmo de su respiración.
Ejercicio de escritura de ficción a partir de una foto.
Taller de Lecto Escritura Creativa con Breno Donoso Betanzo, junio - julio 2020.
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